
Graduado en Educación Primaria por la UIC en 2004 y miembro de la Junta Alumni, Mario González ha asumido este nuevo curso la dirección de la Institució La Farga de Sant Cugat del Vallès. Con una trayectoria vinculada al ámbito educativo, González afronta esta nueva etapa con el compromiso de continuar impulsando una educación personalizada, reforzar el acompañamiento al profesorado y mantener una relación estrecha con las familias.
En esta entrevista, comparte los retos que plantea al frente del centro, su visión sobre la educación actual y los aprendizajes que conserva de su etapa como estudiante de la UIC. También explica qué significa para él continuar vinculado a la Universidad como miembro de la Junta Alumni.
“Una buena escuela no solo prepara a los alumnos para superar exámenes, sino que los prepara para afrontar la vida con criterio, libertad y responsabilidad.”
Este verano asumiste la dirección de La Farga. ¿Qué te llevó a aceptar este nuevo reto profesional?
He aceptado este reto porque soy un apasionado de la educación y de la familia. Creo profundamente en su capacidad para transformar vidas y me hace ilusión poder aportar, desde esta responsabilidad, mi pequeño grano de arena para construir una sociedad mejor.
Después de unos años en La Farga, conozco el valor del proyecto y de las personas que lo hacen posible. Asumir la dirección significa recibir la confianza de muchas familias para colaborar en la educación de sus hijos y acompañar a un gran equipo de profesionales que dedica cada día su talento y su vocación. Lo afronto con ilusión, con un profundo sentido de responsabilidad y, sobre todo, con muchas ganas de servir.
¿Cuáles son los principales retos que te planteas para esta nueva etapa?
Parto de una convicción: construimos desde aquello que hemos recibido para continuar mejorando. Quiero cuidar la esencia de La Farga: la atención personal a cada alumno y a cada familia, la exigencia académica, la formación humana y cristiana y una educación vinculada al servicio a los otros.
Cuidar este legado nos pide continuar avanzando: mejorar nuestra manera de enseñar, acompañar cada vez mejor a los profesores y escuchar a las familias. El reto es que estos principios se concreten en la experiencia cotidiana de cada uno. Que cada alumno se sienta conocido, que cada familia encuentre un interlocutor próximo y que cada profesor se sienta apoyado en su trabajo.
¿Hay algún proyecto o línea de trabajo que quieras impulsar especialmente durante los próximos años?
Quiero impulsar especialmente la personalización de la educación. Tenemos la ambición de ayudar cada alumno a desarrollar todo su potencial, y esto implica conocer sus capacidades, las dificultades que encuentra y aquello que lo mueve. A partir de este conocimiento, podemos acompañarlo mejor y preguntarle aquello que lo ayudará a crecer.
Esta línea va muy ligada a la formación y el acompañamiento del profesorado. Si queremos mejorar la educación, tenemos que cuidar a las personas que educan y facilitar que compartan experiencias y aprendan las unas de las otras.
También quiero reforzar el trabajo con las familias, tanto en el acompañamiento de los hijos como ofreciendo espacios de formación y encuentro. Familia y escuela compartimos una tarea que necesita confianza, diálogo y continuidad.
Antes de llegar a la dirección de La Farga, has desarrollado una trayectoria vinculada al ámbito educativo. ¿Qué experiencias te han preparado especialmente para asumir este cargo?
Me han preparado especialmente los años de tarea docente y el trabajo compartido con otros profesionales. El contacto con los alumnos y las familias te enseña a escuchar, a entender situaciones diferentes y a adaptar tu respuesta a cada persona. Y los compañeros te ayudan a ampliar la mirada y a revisar tu manera de hacer.
Sobre todo, me siento deudor de todas las personas con quienes he compartido el trabajo durante estos años. Han ido configurando mi manera de entender la educación, la escuela y el servicio. Asumo esta responsabilidad gracias, en buena parte, a todo lo que he recibido de ellas.
La educación vive una transformación constante. ¿Cuáles crees que son los principales retos a los cuales se enfrentan hoy los centros educativos?
Creo que el gran reto es preparar a los alumnos para vivir en un mundo cambiante, sin perder de vista que educamos personas en todas sus dimensiones. Esto implica ofrecer una base sólida de conocimientos y desarrollar el pensamiento crítico, la creatividad y la autonomía. Tenemos que ayudarlos a afrontar la incertidumbre con criterio y confianza, y a mantener las ganas de aprender durante toda la vida.
También tenemos que avanzar hacia una educación realmente personalizada e inclusiva, capaz de atender la diversidad y de ofrecer a cada alumno los apoyos que necesita. La exigencia académica tiene que ir acompañada de la atención al desarrollo emocional y social: aprender a superar dificultades, escuchar, ser generoso y construir relaciones sanas.
Uno de los grandes cambios de los últimos años es la llegada de la inteligencia artificial a las aulas. ¿Cómo crees que se tiene que integrar la tecnología en la educación?
Integrar la tecnología con sentido educativo y responsabilidad ética también es un reto. Hay que preguntarnos cuándo ayuda a comprender, crear o pensar mejor, y preservar siempre el protagonismo del alumno y la relación con el profesor.
Todo esto pide escuelas donde los profesionales compartan conocimiento y responsabilidades, se formen continuamente y trabajen en estrecha colaboración con las familias. En La Farga queremos afrontar estos retos con ambición y humildad: aprendiendo de los otros, revisando nuestras prácticas y manteniendo la atención a cada persona como criterio de nuestras decisiones.
¿Qué habilidades crees que es importante que los alumnos desarrollen hoy en la escuela, más allá de los conocimientos académicos?
Creo que la escuela tiene que continuar garantizando unos conocimientos sólidos. No tenemos que contraponer conocimientos y habilidades: difícilmente se puede pensar bien si no se tienen conocimientos sobre los cuales pensar.
Pero, al mismo tiempo, hoy es especialmente importante que los alumnos aprendan a pensar con criterio, comunicarse bien, trabajar con los otros y ser capaces de tomar decisiones de manera autónoma y responsable.
En un mundo en el que tienen acceso inmediato a una cantidad enorme de información —y ahora también a herramientas de inteligencia artificial—, la escuela tiene que ayudarlos a distinguir qué es relevante, qué es cierto y qué merece la pena.
En este contexto, ¿qué papel crees que deben tener los valores y la educación personal dentro de la escuela?
Considero fundamentales habilidades como la constancia, la capacidad de esfuerzo, la tolerancia a la frustración, la empatía y el espíritu de servicio. Al final, educamos personas que tendrán que ser buenos profesionales, pero sobre todo ciudadanos responsables y personas capaces de construir una vida con sentido.
Por eso me gusta pensar que una buena escuela no solo prepara a los alumnos para superar exámenes, sino que los prepara para afrontar la vida con criterio, libertad y responsabilidad.
¿Cómo recuerdas tu etapa como estudiante de Educación Primaria en la UIC?
La recuerdo como una etapa muy importante de mi formación, no solo profesional, sino también personal.
Cuando estudias Magisterio tienes muchas ganas de llegar al aula y, con los años, te das cuenta de que educar es una tarea mucho más profunda de lo que imaginabas al principio. No consiste simplemente en transmitir unos contenidos. Significa conocer a cada alumno, acompañarlo, exigirle, ayudarlo a descubrir sus capacidades y establecer una auténtica alianza educativa con la familia.
¿Qué aprendizajes o experiencias de aquellos años todavía te acompañan?
Una de las cosas que más me ha acompañado a lo largo de mi trayectoria es precisamente esta mirada integral sobre la educación: entender que detrás de cada alumno hay una persona única y una familia, y que la responsabilidad del maestro va mucho más allá de impartir una asignatura.
Después de muchos años dedicado a la educación —como maestro, tutor, formador de futuros maestros y ahora desde la dirección de un centro—, continúo comprobando que aquellas bases siguen plenamente vigentes.
Y creo que esta es también una de las grandes virtudes de la profesión docente: nunca dejas de ser alumno. Continúas aprendiendo de los compañeros, de las familias y, muy especialmente, de los mismos alumnos.
Has continuado vinculado a la Universidad como miembro de la Junta Alumni. ¿Qué significa para ti mantener este vínculo con la UIC y con la comunidad Alumni?
Para mí tiene mucho sentido mantener el vínculo con una institución que ha formado parte de mi trayectoria.
La universidad no tendría que ser simplemente el lugar donde estudias durante cuatro años y del cual marchas con un título. Puede convertirse en una comunidad profesional y humana que te acompaña a lo largo de la vida.
Formar parte de la Junta Alumni me permite continuar conectado con la UIC, reencontrarme con personas, conocer otras trayectorias profesionales y, al mismo tiempo, aportar la experiencia que he ido adquiriendo durante estos años en el mundo educativo.
¿Qué valor crees que tiene formar parte de una comunidad Alumni y mantener el contacto con otros antiguos alumnos a lo largo de los años?
Creo mucho en el valor de generar red entre antiguos alumnos. Las universidades tienen un enorme capital humano en sus Alumni: personas que trabajan en ámbitos muy diferentes y que pueden compartir experiencia, conocimiento y oportunidades con las nuevas generaciones.
En cierto modo, también es una forma de devolver una parte de lo que has recibido. Primero, la universidad contribuye a tu formación y, con el paso de los años, tú también puedes contribuir a enriquecer aquella comunidad.
Y esto genera una relación mucho más interesante que la de un antiguo alumno con su universidad: genera sentimiento de pertenencia, comunidad y voluntad de servicio.