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Medicina | 2018

La especialización no resta, sino que suma: cada profesional aporta su experiencia, su criterio y su manera de entender la cirugía
Arturo Cirera (Medicina, 2018) es cirujano general y del aparato digestivo, especializado en cirugía colorrectal, y forma parte de la Unidad de Cirugía Colorrectal de Quirúrgica Cirujanos Asociados. En esta entrevista reflexiona sobre su vocación médica y su orientación al paciente, la exigencia y el valor formativo de la residencia y la importancia del trabajo en equipo en la cirugía especializada. También comparte su visión sobre las habilidades necesarias para desarrollarse en el ámbito quirúrgico, el papel de la innovación y la inteligencia artificial en la cirugía digestiva y sus motivaciones de futuro, siempre desde una mirada humana, rigurosa y comprometida con la excelencia clínica.
Me definiría como una persona curiosa, constante y muy orientada a las personas. Profesionalmente, soy cirujano, pero por encima de todo me considero alguien con una fuerte vocación de servicio. Me motiva poder acompañar a los pacientes en momentos especialmente delicados de su vida y saber que, a través del trabajo bien hecho y del esfuerzo diario, puedo contribuir a mejorar su calidad de vida.
En mi día a día me impulsa seguir aprendiendo, mejorar como profesional y trabajar en equipos en los que el compromiso, el rigor y el respeto mutuo son fundamentales. La cirugía es exigente, pero también profundamente gratificante, y esa combinación es lo que mantiene viva mi motivación.
Mi etapa en UIC Barcelona fue clave tanto en el ámbito académico como en el personal. Más allá de los conocimientos técnicos, destacaría la importancia que se daba a la formación integral: el pensamiento crítico, el trato humano con el paciente y la ética profesional.
Aprendí a entender la medicina como un trabajo en equipo, a ser riguroso y a no perder nunca de vista que detrás de cada caso clínico hay una persona. Ese enfoque humanista y exigente ha sido una base muy sólida para todo mi desarrollo posterior.
La residencia en el Hospital Universitario Vall d’Hebron fue una etapa de crecimiento intenso, tanto en el aspecto profesional como en el personal. Supuso aprender a tomar decisiones bajo presión, a asumir responsabilidades de forma progresiva y a entender la importancia de la disciplina y la preparación constante.
Hoy en día, en el quirófano sigo aplicando muchos de los aprendizajes adquiridos durante la residencia: la importancia de una planificación meticulosa de cada intervención, la capacidad de anticiparse a las posibles complicaciones, de tener siempre un plan B —y a veces incluso un plan C—, así como el valor de una comunicación clara y eficaz con todo el equipo. La residencia te enseña, además, la humildad necesaria para pedir ayuda cuando es necesario y te recuerda que la excelencia quirúrgica nunca es individual, sino siempre el resultado de un trabajo colectivo.
Trabajar en un equipo quirúrgico especializado ha sido, y sigue siendo, una experiencia profundamente enriquecedora. En mi caso, primero en la Unidad de Cirugía de Colon y Recto del Hospital Vall d’Hebron y, actualmente, en Quirúrgica Cirujanos Asociados, he podido comprobar cómo este modelo permite abordar los casos con una visión más completa, compartir conocimiento y tomar decisiones más sólidas y consensuadas.
La especialización no resta, sino que suma: cada profesional aporta su experiencia, su criterio y su manera de entender la cirugía. Además, este entorno favorece un aprendizaje continuo y una mejora constante, algo imprescindible en una disciplina tan dinámica como la nuestra. Para mí, el buen funcionamiento del equipo es tan importante como la habilidad técnica individual y, afortunadamente, el modelo clásico del cirujano individualista ha quedado prácticamente obsoleto.
Más allá de una buena base técnica, creo que son claves la constancia, la capacidad de trabajo y la resiliencia. La cirugía implica muchas horas, esfuerzo continuado y una gran capacidad de adaptación. Como nos repetían a menudo muchos de mis maestros, “la cirugía son horas de vuelo”: la experiencia y la práctica diaria son las que realmente te hacen mejorar.
También destacaría habilidades como la comunicación, el trabajo en equipo, la capacidad de análisis y la toma de decisiones. Y, por supuesto, la empatía: entender al paciente, saber escucharlo y acompañarlo es tan importante como la técnica quirúrgica en sí.
Estas dos herramientas tendrán un papel cada vez más relevante. Ayudarán a mejorar la precisión diagnóstica, la planificación quirúrgica y la personalización de los tratamientos. Sin embargo, creo que deben entenderse como un complemento al criterio clínico, no como un sustituto. La experiencia del cirujano, el juicio clínico y el trato humano seguirán siendo insustituibles. El reto será integrar estas tecnologías de forma ética y responsable, siempre al servicio del paciente.
De cara al futuro, me gustaría seguir profundizando en mi especialización, combinando la práctica clínica con la formación continua y, si es posible, con proyectos docentes o de investigación. Me interesa especialmente todo lo relacionado con la mejora de resultados quirúrgicos, la innovación y la optimización de procesos asistenciales. También me motiva poder contribuir a la formación de las nuevas generaciones de médicos, transmitiendo no solo conocimientos técnicos, sino también valores profesionales y humanos que considero esenciales en la medicina.

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